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uan Pablo II dijo a los seminaristas y a los sacerdotes que “toda la formación de los candidatos al sacerdocio está orientada a prepararlos de una manera específica para comunicar la caridad de Cristo, buen Pastor”. El sacerdote tiene como misión reunir a la familia de Dios y conducirla hacia Él, edificando a la Iglesia y actuando según los criterios de Dios, sin buscar agradar al mundo. Con reflexión madura, prácticas pastorales y el acompañamiento de quienes serán sus hermanos en el presbiterio, el seminarista se va formando en ser pastor al modo de Cristo.
El Concilio afirma que el sacerdote es educador en la fe y que debe procurar que cada fiel sea conducido por el Espíritu Santo, para vivir una vida madura en la caridad. Del mismo modo, sostiene que si bien el sacerdote se debe a todos, tiene encomendados de manera especial a los pobres y desposeídos, con quienes el Señor se asocia y cuya evangelización es signo del Reino de Dios. También se preocupará por fortalecer a los matrimonios y a los jóvenes, a los enfermos y a quienes comienzan su vida en la fe, teniendo como raíz de todo la celebración de la Eucaristía.
El seminarista descubre durante los años de formación la riqueza del ministerio y la realidad de la gente a quienes servirá, para poder llegar a ellos de la mejor manera y ser constructor de comunidades que vivan en la caridad y la oración.
