Dios ha querido, en su infinita sabiduría, valerse de instrumentos humanos para hacer su obra en el mundo y, en este contexto, el sacerdote es un especial colaborador del Señor. Jesucristo, por medio de quienes se han configurado con Él en el sacramento del Orden, sigue otorgando sus dones a los hijos de Dios en los sacramentos: acoge en su pasión y resurrección a todos por el bautismo, perdona los pecados en la penitencia y conforta a los enfermos en la unción. De manera excelsa, se sigue ofreciendo a sí mismo en la Eucaristía.
Por lo tanto, la educación litúrgica es central en la formación de la espiritualidad sacerdotal. La liturgia da como fruto una íntima comunión con Dios, por lo que el seminarista, que como sacerdote será ministro de los sacramentos, debe velar por hacer de ella el culmen de su oración. De manera especial cultivará la devoción a la Eucaristía, sacramento en el que Cristo en persona se ofrece en sacrificio para la vida del mundo. La Eucaristía es el momento central de la jornada del Seminario, siempre considerando que todos los sacramentos, al igual que todos los ministerios eclesiásticos y apostolados, están unidos con ella y a ella se ordenan, y que a la vez es fuente y cima de toda evangelización.
En el tiempo de Seminario se aprenderá lo que como presbítero corresponderá enseñar: a ofrecer la propia vida junto al sacrificio de Cristo, con corazón contrito para recibir el perdón de Dios; a alabar a Dios, dando siempre gracias en el nombre de Jesús. La acción de gracias se prolonga con el rezo de la Liturgia de las Horas, donde el seminarista se une a toda la Iglesia en oración.