«Todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto a favor de los hombres en lo que se refiere a Dios» (Heb 5,1). Así la carta a los Hebreos expresa con pocas palabras lo que significa ser sacerdote. Llama la atención que lo primero que afirma es justamente la condición humana del sacerdote. En efecto, ser sacerdote o presbítero es ser antes que nada un hombre. Por esta razón, no es de extrañarse que en el proceso formativo de los sacerdotes se haga tanto hincapié en la formación humana.
El Papa Juan Pablo II, en su famosa Exhortación Apostólica Pastores Dabo Vobis, del año 1992, afirma con claridad de que «sin una adecuada formación humana toda la formación sacerdotal estaría privada de su fundamento necesario» (PDV, 43). La naturaleza misma del ejercicio del ministerio sacerdotal exige de los presbíteros una madurez humana que le permita no sólo obtener una adecuada realización personal en la vida apostólica propia del sacerdote, sino también porque su vida y forma de ejercer el ministerio deben reflejar la perfección humana que en Jesús brillaba por su condición de Hijo de Dios.
En el Seminario de Santiago, la formación humana es una de las dimensiones esenciales de la formación sacerdotal. Para enriquecer en los seminaristas su proceso formativo, se dispone de varios medios para que día a día los candidatos al sacerdocio vayan madurando como personas humanas. Uno de los medios más eficaces es la experiencia de vida comunitaria. Si bien el sacerdote diocesano no pertenece a una comunidad religiosa determinada, la dimensión comunitaria es fundamental en las tareas del presbítero, pues siempre ha de estar sirviendo a alguna comunidad específica. El saber trabajar con otros, crear equipos, evitar conductas autoritarias o arrogantes y tener la capacidad de identificar los carismas de los demás son elementos importantes que desde el Seminario se han de ir integrando en la personalidad de los candidatos al sacerdocio.
De la misma forma, la formación humana en el Seminario ha de conducir hacia la madurez afectiva, fundamento esencial para llevar una vida consagrada en el celibato. La vocación al sacerdocio se sustenta sólo como una vocación al amor; los seres humanos estamos llamados a vivir con alegría nuestra condición de creaturas, lo cual se verifica cuando amamos y somos amados. En este sentido, el sacerdote también participa en esta común vocación al amor, pero desde la perspectiva del amor de Cristo, Buen Pastor, que da su vida por las ovejas para que todos lleguen a la plenitud de vida. El saber donarse por amor, optar con absoluta libertad y responsabilidad en las decisiones que se toman, así como saber vivir con prudencia y transparencia la verdadera amistad con los demás, son elementos que caracterizan una persona auténticamente madura.

P. Fernando Ramos
Rector